Présentation de l'éditeur
Cuando los reyes están en guerra, toda la tierra tiembla…
“Ahora hay más reyes en el reino que ratas en un castillo”, afirma uno de los personajes de Choque de reyes. Después de la sospechosa muerte de Robert Baratheon, el monarca de los Siete Reinos, su hijo Joffrey ha sido impuesto por la fuerza, aunque “quienes realmente gobiernan son su madre, un eunuco y un enano”, como dice la voz del pueblo. Cuatro nobles se proclaman, a la vez, reyes legítimos, y las tierras de Poniente se estremecen entre guerras y traiciones. Y todo este horror se encuentra presidido por la más ominosa de las señales: un inmenso cometa color sangre suspendido en el cielo.
En esta novela prodigiosa nada es realmente lo que parece ser. Los protagonistas, trazados con una complejidad asombrosa, son capaces de hacerse odiar o amar desde las primeras páginas. George R. R. Martin, con pulso firme y enérgico, vuelve a ofrecernos un brillante despliegue de personajes en una trama rica, densa y sorprendente. Nos convierte en testigos de luchas fratricidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
Extrait
Prólogo
La cola del cometa rasgaba el amanecer; era una brecha roja que sangraba sobre los riscos de Rocadragón como una herida en el cielo rosado y violáceo.
El maestre estaba de pie en el balcón de sus aposentos, azotado por el viento. Allí era adonde llegaban los cuervos tras un largo vuelo. Sus excrementos salpicaban las gárgolas de tres varas que se alzaban a ambos lados del hombre, un sabueso infernal y un guiverno, dos entre varios millares que vigilaban desde los muros de la antigua fortaleza. Cuando llegó a Rocadragón, el ejército de seres de piedra lo ponía nervioso, pero con los años se había acostumbrado a él. En aquel momento los consideraba viejos amigos. Los tres juntos observaron el cielo como si fuera un mal presagio.
El maestre no creía en las profecías. Aun así, pese a su avanzada edad, Cressen nunca había visto un cometa ni la mitad de brillante que aquel, ni de aquel color, aquel color espantoso: el color de la sangre, las llamas, los ocasos... Se preguntó si sus gárgolas habrían visto alguna vez uno semejante. Llevaban allí mucho más tiempo que él, y allí seguirían mucho después de que muriera. Si las lenguas de piedra pudieran hablar...
«Qué tontería. —Se apoyó en la barandilla, vio el mar batir abajo y sintió la piedra negra, dura y áspera bajo los dedos—. Gárgolas que hablan y profecías en el cielo. Soy un viejo idiota que empieza a pensar como un niño.» ¿Acaso toda la sabiduría adquirida con tanto trabajo a lo largo de una vida lo estaba abandonando, igual que la salud y las fuerzas? Era un maestre; había aprendido en la gran Ciudadela de Antigua; allí había obtenido su cadena. ¿A qué se vería reducido si las supersticiones lo dominaban como a cualquier campesino ignorante?
Aun así... aun así... El cometa se divisaba ya incluso durante el día, mientras de las fumarolas de Montedragón, tras el castillo, se alzaban columnas de vapor color gris claro, y el día anterior, un cuervo blanco había llegado de la Ciudadela con un mensaje, una noticia ya anticipada pero no por ello menos temible: el anuncio del fin del verano. Presagios; todo eran presagios. Demasiados para negarlos. «¿Qué significa todo esto?», habría querido gritar.
—Maestre Cressen, tenemos visita. —Pylos hablaba en voz baja, como si no quisiera molestar a Cressen en su solemne meditación. Si supiera las tonterías que poblaban la cabeza del maestre, habría hablado a gritos—. La princesa quiere ver el cuervo blanco. —Pylos, correcto como siempre, la llamaba princesa, ahora que su señor padre era rey. Rey de una roca humeante en medio del gran mar salado, pero rey al fin y al cabo—. Insiste en ver el cuervo. La acompaña su bufón.
El anciano apartó la vista del amanecer y dio media vuelta, apoyándose con una mano sob