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No hay arma más poderosa que las palabras
14 de julio de 1099. Mientras Jerusalén se prepara para la invasión de los cruzados, un griego convoca una reunión con los jóvenes y los viejos, los hombres y las mujeres de la ciudad. El misterioso hombre, conocido por todos como Copta, no busca unirse a ninguna religión en particular, pero guarda en su memoria todo lo que ha escuchado para poder transmitirlo a las generaciones futuras.
“A partir de mañana, lo que era armonía se transformará en discordia. Lo que era alegría será sustituido por luto. Lo que era paz dará lugar a una guerra”, dijo Copta.
“Nadie sabe lo que nos reserva el mañana, porque cada día trae su mal o su bien”, siguió. “Por lo tanto, al preguntar lo que desean saber, olvidarán a las tropas que están allá afuera y el miedo que traen dentro. Nuestro legado no será decir a aquellos que heredarán la tierra lo que sucedió el día de hoy; la historia se encargará de hacerlo. Hablaremos, entonces, de nuestra vida cotidiana, de las dificultades que nos vimos obligados a enfrentar”.
Reunidos en la plaza, mientras esperan el ataque enemigo, la gente empieza a preguntar. Le preguntan acerca de los verdaderos enemigos, la derrota, la soledad. Le hacen preguntas sobre la lucha, el cambio, la belleza, el camino a seguir. Y después le preguntan sobre el amor, la lealtad, el destino, el sexo y la elegancia, el miedo, la ansiedad, la sabiduría y lo que aguarda en el futuro —todo esto y más.
Y Copta les contestó.
Ahora, casi mil años más tarde, las respuestas de este hombre sabio siguen siendo validas, y El manuscrito encontrando en Accra nos muestra los inextinguibles valores que quedan después de que todo ha sido destruido.
Extrait
Prefacio y salutación
En diciembre de 1945, dos hermanos que buscaban un sitio para descansar encontraron una vasija llena de papiros en una caverna en la región de Hamra Dom, en el Alto Egipto. En vez de avisar a las autoridades locales, como lo exigía la ley, resolvieron venderlos poco a poco en el mercado de antigüedades, evitando de esta manera llamar la atención del gobierno. La madre de los muchachos, temiendo la influencia de las «energías negativas», quemó varios de los papiros recién descubiertos.
Al año siguiente, por razones que la historia no registra, los hermanos pelearon entre sí. Atribuyendo el hecho a las mencionadas «energías negativas», la madre entregó los manuscritos a un sacerdote, que vendió algunos de ellos al Museo Copto de El Cairo. Ahí, los pergaminos adquirieron el nombre que conservan hasta hoy: Manuscritos de Nag Hammadi (en referencia a la ciudad más cercana a las cavernas donde fueron hallados). Uno de los peritos del museo, el historiador de las religiones Jean Doresse, comprendió la importancia del descubrimiento y lo mencionó por primera vez en una publicación en 1948.
Otros pergaminos comenzaron a aparecer en el mercado negro. En poco tiempo, el gobierno egipcio se dio cuenta de la relevancia del hallazgo y trató de impedir que los manuscritos salieran del país. Poco después de la revolución de 1952, la mayor parte del material que había sido entregado al Museo Copto de El Cairo fue declarada patrimonio nacional. Sólo un texto escapó al cerco, y apareció en el establecimiento de un anticuario belga. Hubo tentativas inútiles de venderlo en Nueva York y París, hasta que finalmente fue adquirido por el Instituto Carl Jung en 1951. Con la muerte del famoso psicoanalista, el pergamino, ahora conocido como el Códice Jung, regresó a El Cairo, donde hoy están reunidos cerca de mil páginas y fragmentos de los Manuscritos de Nag Hammadi.
Los papiros encontrados son traducciones griegas de textos escritos entre el final del siglo primero de la Era Cristiana y el año 180 d.C., y constituyen un cuerpo de textos conocido también como los Evangelios Apócrifos, ya que no se encuentran en la Biblia tal como la conocemos hoy.
¿Por qué razón?
En el año 170 d.C., un grupo de obispos se reunió para defin